Estábamos sentados, observando detalladamente el movimiento de aquellas nubes de algodón, en ese cielo despejado. Callados, solo se escuchaba algún que otro cantar de un pequeño gorrión que se posaba sobre gruesas ramas, como buscando algo que se le habría perdido. Nos mirábamos de reojo, esperando a que alguno hablase.
Él escondió su vergüenza, que jugaba con el amor.
+ ¿Ves esa nube de allí?
- Bueno, veo varias.
En aquel momento quise fijarme en la que él señalaba con tanto empeño.
La vi. Tenía una forma tan clara. Lo miré y sonreí.

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